
La sensación de vivir en medio de dos sistemas de valores muy diferentes puede ser incluso mayor entre los hijos nacidos en el país al que emigraron los padres, los llamados inmigrantes de segunda generación. Esta forma de definirlos supone ya de por sí un "obstáculo" para los jóvenes, advierte advierte el experto: "Ellos no emigraron a ningún sitio, lo hicieron sus padres. Pero se les llama igualmente inmigrantes y eso dificulta su adaptación, se sienten rechazados por su propio país, lo que les dificulta la adquisición de una identidad fuerte y estable".
La confusión sigue al llegar a casa, donde muchos de estos jóvenes se encuentran con unos padres que han "idealizado" todo lo que dejaron atrás. "Los inmigrantes tienden a congelar su cultura", explica. "Se quedan con los valores que tenían cuando llegaron. Su propia cultura de origen va evolucionando, pero ellos ni siquiera viven esa evolución".
También es común entre las personas que emigraron que se genere una necesidad de autoafirmación que funciona como "mecanismo de defensa". "Nos pasa a todos cuando salimos fuera. Cuando un musulmán vive en un país musulmán no tiene por qué manifestar esta parte de su identidad. Sin embargo, cuando viaja o emigra esta parte tiende a resaltarse más", explica Sayed-Ahmad Beirutí, nacido en Siria hace 60 años y que, cuando llegó a España, hace 41 años, vivió en primera persona lo que los psiquiatras llaman "el duelo de la emigración".
La sociedad que acoge al inmigrante también desempeña un papel importante que puede definir el éxito o el fracaso de la integración. "La adaptación es bidireccional. Los inmigrantes tienen que adaptarse a la nueva cultura, pero la sociedad también debe adaptarse a una realidad de mestizaje y aceptar las diferencias", dice.
FUENTE: REYES RINCÓN, El País, 7 de octubre de 2010 (AQUÍ)
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